Se presentó ante ella a la hora del té, sintiéndose un poco torpe, sin saber si la molestaba. Pero ella estaba acostumbrada a este tipo de visitas, así que se limitó a hacer un gesto de aprobación con la cabeza, mientras sujetaba su taza de porcelana.
Ella creía saber a qué venía. A lo mismo que todos los demás, jóvenes y viejos, altos y bajos, gordos y flacos. Todos querían lo mismo y ella se limitaba a sonreír y pedirle a su camarera que por favor, Emilia, podría pedirle a este señor que se retire.
Y Emilia se acercaba al visitante y lo siento mucho, pero la señora tiene jaqueca, muchas gracias por su visita y le acercaba el sombrero con una sonrisa amable.
Siempre lo mismo. Y sin embargo los recibía y Emilia les abría la puerta colocándose su delantal impecable buenos días, usted debe de ser.. por supuesto esperábamos su visita la señora lo espera pase por favor decía, tan convincente que casi parecía que lo decía con sinceridad.
Y esta vez no fue diferente buenos días, usted debe de ser..
El Gran Duque de las Frutas Confitadas y Azúcar Glacé.
Por supuesto esperábamos su visita la señora lo espera pase por favor.
Y ella hizo un gesto de aprobación con la cabeza, mientras sujetaba su taza de porcelana, en espera del mismo discurso al que venían todos los demás.
Pero después de un silencio que empezaba a resultar incómodo, él seguía de pie, observándola sin decir nada.
¡Emilia! llamó. Le susurró algo al oído y Emilia se acercó a él, sonriente.
¿Podría usted formular su pregunta?
Soy el Gran Duque de las Frutas Confitadas y Azúcar Glacé, dijo él.
Su pregunta, por favor sonrió Emilia.
Él hizo un gesto y buscó algo en su bolsillo mientras ellas se miraban desconcertadas. Sacó un pequeño pedazo de papel que desdobló una dos tres cinco veinte trescientas veces y lo colocó sobre el suelo.
Ella dejó su taza sobre la mesita y dirigió su mirada hacia él con curiosidad.
¿Un mapa? dijo.
No, dijo él, haciéndole un gesto con la mano para que se acercara.
Y a pesar de su descaro, la curiosidad la invadía de tal forma, que decidió romper una de sus reglas. Se levantó y se acercó a él. Explíquese, exigió.
Pero él se limitó a señalar el papel desplegado en el suelo.
Ella acercó la vista y pudo ver que había algo escrito. Se acercó un poco más y un poco más, pero la letra era tan pequeña que seguía sin poder leerla. Se arrodilló en el suelo y se acercó un poco más.
Y el pequeño gritito de Emilia la hizo comprender. Muerta de vergüenza, se dio cuenta de que se encontraba postrada a los pies de él.